Relatos


El alcance de una bala.

Estaba parado en la puerta de la casa de una amiga, una niña y un niño jugaban fútbol en canchas improvisadas con dos piedras, su risa delataba su felicidad. Miré hacia mi izquierda y pude observar como un personaje salía de un taxi discutiendo al parecer con alguien que estaba en el carro, salió corriendo donde estábamos los niños y yo. De repente se escuchó el sonido seco de una bala -Los que habitamos en barrios marginales entre los 80 y 90 distinguimos bien ese sonido- El tipo corriendo alcanzó a decir “esos hijueputas dispararon”. Al momento me resguarde en la casa de mi amiga pero salí para ver qué la niña que tapaba el arco improvisado no logró evadir la bala. Ella cayó pero un reflejo le ayudó a pararse y alcanzar a tocar su casa. La bala le alcanzó a traspasar su pierna de lado a lado. Su padre al ver esa escena la cargó de brazos y salió con ella caminando hasta encontrar un taxi que la llevara a urgencias. Después vi a la niña jugando con su yeso sin salir a la calle pues muchos sujetos solían disparar indiscriminadamente sin saber el destino de esa bala.

Escuchar, como si fuera un juego a una figura pública hablar de que si tiene un arma y una sola bala a quien le dispararía. Calo en mi memoria para recordar está historia que quisiera fuera ficción y no un relato real. Y otras figuras públicas responden: aquel o que ninguno de los dos valen una bala. Es, de alguna manera, una banalización del mal que han hecho las armas en miles de personas. Terminaré con un poco de ficción: Aquel que disparó el arma, alcanzó a dar la vuelta al barrio para recoger en medio de la algarabía a un señor con su hija en brazos que durante el camino al hospital le contó que su hija jugaba fútbol y una bala perdida le atravesó su pierna.

Rapitenderito

Llamemoslo rapitenderito -para evitar la publicidad alguna app que obtiene ganancias como una gran multinacional pero que no es empresa viable pues es plataforma nada mas- El personaje de este relato es un niños de 8 años, de apariencia tosca no propia de su edad, que sin camisa y descalzo recorría el barrio durante todo el día, con la esperanza que una vecina lo llamara y le dijera “haceme este mandado, vos sos muy rapido” “cuidado con la devuelta”. Rapitenderito, aunque el sol fuera inclemente y la lluvia fuerte corria de una lado a otro, por la moneda que daba la doña y el billete en diciembre cuando habia plata. Sus ganancias eran repartidas con su mamá, y sus 13 hermanos, en ocasiones les alcanzaba para plato de frijol y huevo para cada uno.

Un día una señora le cogió cariño, habló con su madre, para darle dinero mensual, con la condición de que estudiara y mantuviese bien vestido. Pero en esa escuela no se podia correr, los zapatos le tallaban y la camisa lo sofocaba. Rapitenderito habia construido una noción de dignidad en sus condiciones a la vista precarias; vivir diferente no le interesaba. “La cucha le caia mal” decia “¿porque tenia que cambiar para recibir dinero?”. Un día después de mucho correr, rapitenderito entró a hurtadillas a la casa de la doña , vió una mesa con mucho dinero y lo tomó. La doña que vivía sola se asusto mucho al sentir la presencia de alguien extraño en su casa, de pronto no pudo controlar sus movimientos y desmayó. La doña no volvio a mandar a rapitenderito a la tienda, y el continuó sin camisa y descalzo caminando el barrio para conseguir comida para sus 14 hermanos. Mientras el relato le nacio otro hijo a su mamá.

No soy un robot

De nuevo y como lo vengo haciendo hace rato me recuerdo que no soy un robot. En algunas ocasiones debo seleccionar semáforos, pasos de cebra, bicicletas u otros objetos, pero el fin es el mismo afirmar que no soy un robot. No sé si para los genios informáticos el ataque de los robots se limite con esta acción. Lo que si reflexiono hoy es la conciencia de que cada que ingreso algún portal, me recuerdo humano, no robot, pero muchas veces actúo como autómata. No se cuantas veces por una constancia aprendida tomo mi celular y abro las redes sociales para ver que pasa. Siento alivio de la primicia de alguna noticia, o de enterarme de lo que muchas personas hablan, pero esa acción es inmediata sin ninguna mediación de algún momento reflexivo. No soy un robot pero muchas veces actuó como uno, cuando soy la extensión del teléfono celular y no existo si no para sus demandas.

A una amiga

En la universidad asistía con uniforme de guarda de tránsito, nos veíamos poco seguro compartimos algunos momentos, no volvimos a compartir por largo tiempo. Después la vida que se encarga de unir hilos me puso acompañar a su hijo en su formación en el SENA, la empatía no se dejó esperar admiro la felicidad y entrega de Daniel, su capacidad de integrar y el cariño que mostró hacia ese espacio. Ingresé al magisterio una llamada me tentó a encontrarme con ella, pero no era el tiempo, cada uno se fue construyendo. Cristina comenzó su lucha frente a una enfermedad incurable. Yo comencé mi lucha contra una enfermedad no propia pero que afectó a mi compañera de vida. En el 2019 nos vimos y como quien desteje un abrigo muy grande de recuerdos y volvimos a tejer una amistad como pocas tengo. Llena de recuerdos en común, de amigos en común, de gustos en común, de confidencias y de compartir. Ella me integró a mis amigos de trabajo, porque aquí tengo pocos compañeros de trabajo tengo muchos amigos. Lo último que me dijo, mientras en el fondo escuchaba el odioso pito de la unidad de cuidados intensivos fue “quien sabe cuándo nos volvemos a ver” y nadie lo sabe Cris, lo que sé es que tu ser inigualable y el cuidado que me diste me acompañará hasta que sea posible vernos de nuevo.